La educación es el eterno debate en nuestro país, a menudo tratado con poca seriedad y mucho interés político. Uno de los hechos que demuestra éste último aspecto es que el centro de esos demagógicos motivos de disputa sea la lengua, base de todo el desarrollo pedagógico y formativo de un estudiante y vehículo motor de nuestra propia vida. Es decir: un aspecto fundamental que en España ha quedado relegado a la confrontación ideológica, territorial y de negociación parlamentaria general; como si decidir las horas más o menos en que un estudiante imparte clases en una u otra lengua, o cuál es su reparto en las materias concretas, se tratara de algo equiparable a la cantidad de millones de euros que dedicamos a la cría del pollo en cautividad. Una arriba o abajo dependerán únicamente del reparto de poder, y no de estudios serios, profesionales y con un interés común: tener la mejor educación posible.
Dos noticias recientes me llevan de nuevo a esta reflexión de manera preventiva. La primera es que la Comunidad de Madrid ha decidido convertir treinta institutos públicos de enseñanza secundaria en centros bilingües, que harán un total de cincuenta a partir de 2011 sumándose a los colegios de primaria que ya han implantado este modelo. Cuatro mil alumnos de nuestra región recibirán enseñanza en castellano e inglés. La segunda tiene que ver con la fantástica variedad cromática española: la Xunta de Galicia presentará mañana el borrador para la nueva ley lingüística, que incluirá un sistema de votación en educación infantil para que los padres decidan la que consideran lengua preferente de las dos oficiales, castellano y gallego, aunque, como hasta ahora, la administración garantizará las mínimas competencias en la lengua no elegida. Un modelo que no cambia demasiado el vigente (al menos en este aspecto).
Durante mucho tiempo hemos visto como estas cuestiones se han tratado con una frivolidad que a buen seguro permanecerá impertérrita. Desde el Partido Popular dicen estar muy preocupados por un supuesto: en las Comunidades con dos lenguas oficiales el castellano está perseguido y los estudiantes, siempre supuestamente, acaban su educación obligatoria desconociendo esa lengua. Sin embargo nunca se han preguntado la razón por la cuál en Madrid, con la lengua común a toda la patria como única oficial, los bachilleres son también incapaces de expresarse correctamente en ella de forma oral y, más intensamente, por escrito. Por su parte, muchos de los mismos socialistas madrileños que inteligente y responsablemente defienden esa variedad y necesaria integración lingüística, critican los flecos erróneos de una propuesta de Aguirre que es en general incontestable, para acabar cometiendo el error de enmendar la totalidad y situándose en contra de algo tan fundamental como que un estudiante español domine todas sus lenguas oficiales y al menos una extranjera: el inglés.
Desde el Partido Popular saben perfectamente que su discurso de oposición no vale cuando se está ante la tarea de gobernar. Por ello nunca hubo ningún problema lingüístico en Galicia con sucesivos gobiernos de Manuel Fraga -nada menos- ni tampoco con el bipartito del PSdG y el BNG, con una política continuista de su antecesor, hasta que se acercó el momento de jalear a las masas radicales hacia las urnas. Por eso lo que decía Feijóo en manifestaciones populistas en defensa de la irrealidad se parece poco a lo que ahora ejecuta como primer mandatario de la Xunta, en la que en la práctica no va a cambiar nada. Por idénticas razones nadie critica al Presidente Camps en la Comunitat Valenciana con un modelo prácticamente idéntico al catalán -sin estridencias, eso sí-. De la misma forma, es de esperar ahora que el PSM, en su justo enfrentamiento educativo contra la agresiva saña privatizadora de Aguirre, no acabe como ya hizo en alguna ocasión precedente tirando al blanco más grande y posicionándose contra la implantación de la enseñanza bilingüe en la región, un acierto indiscutible del Gobierno popular, un signo de progreso del que se quedará fuera aquel que no tenga la altura de distinguir al enemigo entre soldaditos inocentes disfrazados de estudiantes. Nadie quiere pasar a la historia, cuando al final las cosas salen bien, como el que estuvo en contra de aquel logro.
Tarde o temprano los diferentes partidos, cada uno en lo que le toca, deberían descubrir que la política exige mayor altura que la demostrada hasta hoy, y que el debate no se encuentra en razones sentimentales ni patrióticas sobre el castellano, el gallego o el inglés, sino en un problema de base de la educación en España que se da en todas nuestras Comunidades, cada una con sus particularidades y exigencias. Probablemente, y a pesar de lo inmediatamente anterior, la reflexión debería empezar por replantear si la descentralización que nos desiguala aún más fue la mejor de las ideas, para acabar concluyendo que las lenguas no son un problema, sino un objetivo: el de que cualquier español sea capaz de manejarlas, conocerlas y aprender cuantas le permita su propia capacidad.
El futuro lee a Shakespeare, a Miguel Hernández o a Rosalía de Castro. Da igual. Lo importante es el futuro que forma ciudadanos y profesionales, científicos y trabajadores. Y sobre todo, el futuro es el que cada joven quiera escribir en cualquier lengua. El pasado es el que se preocupa por debates cañís y medievales, o el que centra todo su interés y fuerza en inexistentes amenazas contra vacuos símbolos nacionales o históricos, imitando a quienes llenos de fanatismo coparon las calles madrileñas el pasado fin de semana anunciando el fin de una España que encabeza todas las listas... por abajo. Que así sea.
*La imagen la encontré haciéndole una pregunta tonta a Google.
29/12/2009
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